DVD 86 mins IMDB 6.2
A tiro limpio
 (1963)
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#598

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Crime
Spain  /  English

José Suárez Román Avelino Campos
Luis Peña Martín
Carlos Otero Jordi Abad Mateu, 'El Picas'
Joaquín Navales Antoine
Gustavo Re Señor del garaje
Carolina Jiménez
María Julia Díaz Hermana de Román
Juan Velilla
Pedro Gil Forense
María Francés Sra. Abad

Director Francisco Pérez-Dolz
Producer Francisco Balcázar
Writer Miguel Cussó; Francisco Pérez-Dolz

Martín y Antoine, que han organizado una banda de atracadores, se ponen en contacto con Román para que les consiga armas y un cuarto hombre. Román convence a Picas, un antiguo atracador que ahora se dedica al trabajo en una masía que tiene alquilada.

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Cine e historia social: 18. Historias ocultas del “maquis”
A pesar de la férrea censura franquista, más acentuada sí cabe en el “cine negro”, algunos cineastas catalanes lograron contar algunas historias detrás de las cuales latía el corazón del “maquis”. A tiro limpio fue la mejor, pero no la única
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 23-1-2008
www.kaosenlared.net/noticia/cine-historia-social-18-historias-ocultas-maquis

Sin duda la más “audaz” de todo las evocaciones subterráneas sobre el maquis anarquista fue la modestísima producción Balcazar, A tiro limpio (1963) que el autor de estas líneas recuerda haber visto en su estreno casi de tapadillo en un programa doble en el barcelonés Petit Pelayo siguiendo las indicaciones positivas de la minoritaria revista Nuestro Cine, se dice que ligada entonces al PCE, y posiblemente también siguiendo las indicaciones de una mala reseña del entonces impagable crítico de La Vanguardia, Antonio Martínez Tomás al que los cinéfilos habíamos aprendido a leer al revés, todavía más de lo habitual de lo propio con prensa “adicta” que por aquel entonces era toda. Estaba firmada por Francisco Pérez Dolz, reconocido ayudante de dirección de muchos años, que a pesar de mostrada capacidad acabó retirándose al cine publicitario e industrial. De hecho, este debut tan prometedor esta película ha pasado complementa desapercibido hasta fechas muy recientes, concretamente hasta que el crítico José Luis Guar­ner, le rindiera un homenaje en su proyección en la XXVI Semana Internacional de Cine de Barcelona de1984, aunque esto tampoco le serviría para una nueva difusión, limitada a un ocasional pase televisivo en los canales de pago.

Nadie podía saber entonces que la historia original escrita por el zarago­zano José M.ª Ricarte, estaba inspirada en las múltiples actividades “delictivas” de dos de los maquis más legendario del antifranquismo, los cenetistas Quico Sabater y Facerías, que habían sido tachados como “bandoleros” y “terroristas” y eran pasto de revistas “de sucesos” como El Caso, y que el cine no era precisamente el espacio adecuado para la trasgresión, y el menor indicio favorable habría significado su prohibición (o desaparición), de forma que sus autores no se atreven de ir más allá de la dosificación de algunos elementos mínimos que, por un lado indican lo que habría podido ser, y por otro dejan constancia de una situación social mediocre y agobiante.

No obstante, desde una mirada advertida es posible apreciar cierto idealismo en los atracadores que son unos “resentidos” (sobre todo en el que interpreta José Suárez), un odio a los burgueses esquilmado, referencias vagas al exilio, en concreto a Toulouse, enclave del exilio confederal y a unos ideales derrotados, una descripción neorrealista de los ambientes, los propios de un país deprimido. Por otro lado, se habla algo de francés y en catalán, y en este caso, todos los que hacen son buena gente, un detalle que el régimen prohibió en más de una ocasión, la más sonada fue con El Judas (1952), de Ignacio F Iquino, allá por 1952, aunque lo había en 1960 “permitido” ocasionalmente con Siega verde (1960), de Rafael Gil (otro cineasta bastante señalado como “adicto” al régimen), por lo que era todavía un hecho bas­tante insólito. En un determinado momento se ve bailar unas sardanas delante de la catedral de Barcelona. Igualmente se ofrece un retrato de la policía que está lejos de la descripción seráfica propia (por obvia imposición) de este tipo de películas, uno de los géneros más rescatables del cine español de entonces a pesar de que la censura era tan rígida que no permitía siquiera que la Guardia Civil pudiera fallar al disparar contra los delincuentes, que eran todos los que estaban fuera de ley en un régimen totalmente ilegal.

Una muestra de estos delirios censores nos lo encontramos en una película debida al reaccionario José A. de la Loma que en la época se hizo millonario realizando cintas de acción de marcados tintes más bien fascitoides protagonizadas por algún actor norteamericano en declive como John Saxon que encarna a un tal Metralleta Stein (1974), inspirado –se llegó a decir- las aventuras de las guerrillas urbanas de Sabater, sirvieron vagamente de tema recurrente para un policiaco “moderno”, y si tiene algún contenido, es un homenaje al inspector Quintela interpretado por Francisco Rabal. Al verla hay que agradecer a los dioses que el señor de la Loma no pudiera llevar a la pantalla nada menos que una adaptación de la biografía de Durruti escrita por Abel Paz.

Aunque fuese de una forma muy escorada, el caso de A tiro limpio, se repetirá en menor grado en otros policíacos catalanes como El cerco (Miguel Iglesias, 1955) que dramatiza las acciones del grupo de Facerías (dato confirmado por su guionista, Joan Bosch), y Los atracadores (1960), “una característica común: hacer pasar como acciones de delincuentes comunes hechos reales ocurridos en Barcelona durante la década de los cincuenta, la autoría de los cuales corresponden a grupos de resistencia armada antifranquista de filiación anarquista, especialmente de Facerías y Sabater” (Ramón Espelt, 1998, p.35). El final de Los atracadores causó una gran conmoción en el público, y suscitó numerosas denuncias en la prensa internacional que era sabedora que la muerte a garrote vil del personaje encarnado por Julián Mateos, fue idéntico a lo que les sucedió a algunos miembros del grupo de Sabaté a su hermano Manel, el febrero de 1950-, así como a otros del Facerías: Jorge Oset, Pedro González y Avelino Cortés en enero de 1953--, que fueron tres de los principales atracadores de la Casita Blanca.


Casi en otro planeta en cuanto al rigor histórico se refiere, se sitúa La casita blanca. La ciudad oculta (2002), y en la que Carles Balagué reconstruye en un tono de falso documental su famoso atraco al mueblé de Pedralbes, llamado así, y que llegó a ser uno de los lugares más representativos de la Barcelona del apogeo franquista en una fase de tiempo que va desde la visita de Eva Perón (1947) que visitaba “la cristiana madre España” hasta el Congreso Eucarístico (1952), que Joan Manuel Serrat definió en un canción como “abrevadero amable y romántico donde clamor fue dueño y señor”. Resultan numerosos los personajes reales evocados o que incluso toman la palabra en la pelí­cula (Carmen de Lirio, Juan Antonio Samaranch, Facerias, Car­men Broto, el constructor Massana, Josep Maria Carandell), y cuando no es posible ni lo uno ni lo otro, Balagué opta por mos­trarlo al espectador desde el otro terreno que ha transitado, el de la ficción, y aquí entra de pleno Facerias, alguien con el suficiente poder de convicción para erigirse seguramente en la figura más atractiva. Balagué evoca al guerrillero urbano, autor de varios y lucrativos atracos banca­rios cuyas finalidades son siempre revolucionarias, siempre vestido elegantemente y con abundantes escapa­das a la Costa Azul...Facerías toma los rasgos del actor Roger Casamajor (El mar, un filme sobre la guerra en Mallorca totalmente recomendable) en el episodio del atraco al meu­blé Pedralbes con la muerte del constructor Massana, historia sobre la que se tejió toda una leyenda ciudadana. Este apartado sería cuestionada por la crítica, sin embargo, encaja perfectamente en los hechos y en la interpretación que nos ofrece Balagué. No desencaja con el montaje de las imágenes de archivo y las entrevistas, que en el caso le lleva directamente a Antonio Téllez. Supone hasta el momento el acercamiento cinematográfico más riguroso sobre el personaje (interpretado por Roger Casamajor), también conocido como “El Señorito”, alguien capaz de plantarse delante de una comisaría para ametrallarla, y cuyas aventuras alcanzaron entre la población trabajadora y la resistencia, un carácter mítico sobre el que Téllez ofrece un retrato en el que los hechos confirman con creces el imaginario popular. Los “maquis” catalanes llegaron a ser auténticas leyendas populares cuyas audacias dejarían en pañales la de muchos héroes cinematográficos, y que de momento solamente han dado lugar a algunos modestos trabajos documentales.

La casita blanca concluye cuando comienza la huelga de tranvías de Barcelona –sobre la que se aportan nuevos datos a través de la entrevista con el historiador Jaume Boix, ya de por sí materia para una buena discusión ya que éste asegura que la “historia oculta” y clandestina es “tan falsa” como la oficialista-, que en perspectiva puede interpretarse como la última gran lucha de los recoldos que quedaban de aquella clase obrera de los años de la revolución, sin olvidar un estudiantado que comenzaba a plantar cara...

Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaos en la Red